Juan tiene un jueguito que sería así. Cuando esta aburrido o no tiene ganas de laburar, me envía mails por la intranet de la Empresa. La intranet funciona como mensajero privado o bien, como correo interno. Tiene una aplicación que sirve para chatear.
Y así estuvo Juan toda la semana, haciéndose pasar por un vecino nuevo, histeriqueando de lo lindo, calentándose por chat (porque obviamente yo tambien entre en el juego).
Fue una semana sin mucho laburo, porque algunas oficinas no tienen personal jerárquico. La mayoría esta de vacaciones, y vuelven a mediados de marzo.
Hoy a la mañana me trajo el desayuno al escritorio. Sonriendo, apoyo una hoja sobre el escritorio. Enseguida supe que era. El pedido de cambio de sección.
Juan
Al vecino de arriba no le gustó esto.
Sandra
El vecino de arriba tiene que saber que necesito progresar.
Juan
¿Necesitas dinero? Yo te presto... te lo regalo, pero no pidas el traslado de piso.
Sandra
Ya lo pedí.
Juan
Me tome la libertad de bloquear el mail. En recursos humanos no hay nadie hasta marzo, así que nadie lo va a leer.
Sandra
No podes hacer eso.
Juan
Ya lo hice.
Sandra
Sos un hijo de puta.
Juan
Vayamos a almorzar y después a un hotel, vamos a estar mas tranquilos.
Lo mire detenidamente, tenía esa sonrisa soberbia que yo siempre odie, sabiéndose ganador de la batalla de mi traslado.
Sandra
Vamos, pero el hotel lo elijo yo.
viernes 20 de febrero de 2009
martes 17 de febrero de 2009
Juego de Rol
Hoy Juan se levantó bastante parecido a Juan. Es decir, al Juan con el que me encontré cuando vine a trabajar acá.
A las doce y media del mediodía, me llegó esto
De: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
Para: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
Toc, toc
Una y media, deje de hacerme la ocupada y respondí:
De: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
Para: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
(El jefe se da el lujo de hacerle perder tiempo a los empleados?)
Quien es?
Minutos después
De: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
Para: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
El vecino nuevo del piso de arriba
Un par de minutos más tarde
De: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
Para: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
(a qué estas jugando? somos grandes...)
Al toque
De: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
Para: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
soy el vecino nuevo de arriba, me abrís?
...
A las doce y media del mediodía, me llegó esto
De: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
Para: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
Toc, toc
Una y media, deje de hacerme la ocupada y respondí:
De: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
Para: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
(El jefe se da el lujo de hacerle perder tiempo a los empleados?)
Quien es?
Minutos después
De: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
Para: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
El vecino nuevo del piso de arriba
Un par de minutos más tarde
De: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
Para: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
(a qué estas jugando? somos grandes...)
Al toque
De: juanXXXXXXX@XXXXXX.gov
Para: XXXXXsandra@XXXXXX.gov
soy el vecino nuevo de arriba, me abrís?
...
sábado 14 de febrero de 2009
Una idea brusca
Maggie es la típica persona que le hace honor al refrán “hablar por los codos”. Sin embargo, ella sube la apuesta. Cuando Maggie habla, lo hace con las manos, es toda muy gestual, enfatiza palabras con los ojos. Es muy graciosa. Lo que sucedió ayer a la noche todavía no cuenta como anécdota para recordar, la locura propuesta por Maggie ya perdió todos las categorizaciones.
Comimos chow fan como siempre. Carina encendió un cigarrillo y se apoyó en la baranda del balcón, mirando hacia dentro. Maggie estaba sentada en unos almohadones que tengo en el piso.
Maggie
¿Ya estuvieron juntos con Juan desde que volvió?
Sandra
Y si...
Maggie
¿Y estuvo bueno?
Sandra
¿Qué te importa, Maggie? Chusma.
Maggie
Claro que importa... Tengo un amigo que trabaja en un telo del microcentro a la tarde, horario tramposo de oficina.
Sandra
¿Qué tiene que ver?
Maggie
Que a partir de ahora vas a ir a ese telo, y cada vez que vayas me vas a avisar con un mensajito al celu.
Sandra
¿Estas loca? No voy a hacer eso. ¿En qué carajo estas pensando?
Maggie sonrió y la voz de Carina vino desde el balcón.
Carina
Quiere sacarle guita a Juan chantajeandolo. ¿No es genial?
Estuvimos unos segundos en silencio.
Maggie:
Vos no tenés que hacer nada, yo me encargo de todo. Vos hace lo que hacés siempre... estar con él. Y deja lo demás por mi cuenta. ¿Que preferís? ¿Que te siga cagando la vida o cargarsela vos a él?
Fue una buena pregunta, si.
Comimos chow fan como siempre. Carina encendió un cigarrillo y se apoyó en la baranda del balcón, mirando hacia dentro. Maggie estaba sentada en unos almohadones que tengo en el piso.
Maggie
¿Ya estuvieron juntos con Juan desde que volvió?
Sandra
Y si...
Maggie
¿Y estuvo bueno?
Sandra
¿Qué te importa, Maggie? Chusma.
Maggie
Claro que importa... Tengo un amigo que trabaja en un telo del microcentro a la tarde, horario tramposo de oficina.
Sandra
¿Qué tiene que ver?
Maggie
Que a partir de ahora vas a ir a ese telo, y cada vez que vayas me vas a avisar con un mensajito al celu.
Sandra
¿Estas loca? No voy a hacer eso. ¿En qué carajo estas pensando?
Maggie sonrió y la voz de Carina vino desde el balcón.
Carina
Quiere sacarle guita a Juan chantajeandolo. ¿No es genial?
Estuvimos unos segundos en silencio.
Maggie:
Vos no tenés que hacer nada, yo me encargo de todo. Vos hace lo que hacés siempre... estar con él. Y deja lo demás por mi cuenta. ¿Que preferís? ¿Que te siga cagando la vida o cargarsela vos a él?
Fue una buena pregunta, si.
viernes 13 de febrero de 2009
Maggie llamando
Hoy a la mañana me llamó Maggie a la Empresa.
Maggie
Hable con Carina. Tengo una idea. Vos estas saliendo con un hijo de puta, avivate. Te esta usando, hace con vos lo que quiere. ¡Tengo una idea!
Sandra
Estoy trabajando, Maggie, no empecemos…
Maggie
¿Necesitas guita si o no?
Sandra
Si.
Maggie
Entonces… creeme que me vas a escuchar. Se me ocurrió una idea genial. Carina esta de acuerdo. Hoy a la noche cenamos en tu depto, caigo tipo diez.
Sandra
¿Pero no me vas a contar ahora tu idea?
Maggie
¿Estas loca? Si te la cuento ahora, te doy a tiempo hasta la noche para que me la tires abajo. Prefiero agarrarte por sorpresa.
Y tenía razón.
Maggie
Hable con Carina. Tengo una idea. Vos estas saliendo con un hijo de puta, avivate. Te esta usando, hace con vos lo que quiere. ¡Tengo una idea!
Sandra
Estoy trabajando, Maggie, no empecemos…
Maggie
¿Necesitas guita si o no?
Sandra
Si.
Maggie
Entonces… creeme que me vas a escuchar. Se me ocurrió una idea genial. Carina esta de acuerdo. Hoy a la noche cenamos en tu depto, caigo tipo diez.
Sandra
¿Pero no me vas a contar ahora tu idea?
Maggie
¿Estas loca? Si te la cuento ahora, te doy a tiempo hasta la noche para que me la tires abajo. Prefiero agarrarte por sorpresa.
Y tenía razón.
miércoles 11 de febrero de 2009
Los mismos de siempre
Contar de 100 a 0 lentamentamente era dejar la puerta abierta a todos mis fantasmas. Y claro, ellos siempre se sentían bienvenidos a ocupar mi noche. Y ayer, particularmente fueron dos. Primero, la idea persistente que algo había cambiado con Juan, que la histeria seductora de miradas dignas de una fiesta victoriana se habia transformado en miradas llenas de reproches. Y segundo, las ganas de cambiar de trabajo ya mismo y no poder hacerlo por la comodidad económica que, en cierta forma, representaba aquel puesto ejecutivo. Necesito algo de dinero para proyectos personales, y necesito más. Estuve averiguando y no hay forma de irme de la Empresa y mantener mi sueldo. La mejor perspectiva es pedir un cambio de puesto, progresar dentro y a la larga, poder buscar otro laburo fuera. Pesando posiblidades me dí cuenta que, por primera vez en mucho tiempo, estaba pensando en mí. Y si una cosa lleva a la otra, cambiar de puesto dentro de la Empresa implicaría dejar de tener a Juan como jefe. Y eso es bueno. A las tres de la mañana le mandé un sms a Carina.
“¿Estás despierta?”
Al rato sono el teléfono. Era Carina. Hablamos una hora, o mejor dicho, hablé una hora.
“¿Estás despierta?”
Al rato sono el teléfono. Era Carina. Hablamos una hora, o mejor dicho, hablé una hora.
miércoles 4 de febrero de 2009
Sandra (y el) cucú
Doce y cuarto de la noche (sí, lo sé, algún día entraré en detalles sobre la experticia que Juan y yo tenemos en logística), por teléfono:
Juan: Estas rara, me contás que te pasa?
Sandra: nada
Juan: claro, no te conozco
Sandra: no, no me conoces
Juan: bueno, entonces no perdamos más tiempo señorita perfecta desconocida... hasta luego
Sandra: pará, ves que sos un animal?
Juan: entonces contame que te pasa
Sandra: tengo quilombos de guita, estoy preocupada
Juan: eso lo sé, contame por qué
Sandra: ...
Juan: bueno...
Sandra: ... no quiero discutir esto con vos. Click
Silencio
Una de la mañana: Silencio
Una y cinco de la mañana Sandra sale al balcón de su departamento luminoso de segundo piso porque sabe que no se va a dormir: Silencio
Una y media de la mañana, Sandra viene y enciende la PC: Silencio
Una y cuarenta y cinco de la mañana, Sandra está terminando este post: Silencio.
Una y cuarenta y seis de la mañanada: Silencio...
... Tanto le(s)cuesta darse cuenta que en un momento así tiene(n) que volver a llamar?...
... eh?...
... pufs...
Juan: Estas rara, me contás que te pasa?
Sandra: nada
Juan: claro, no te conozco
Sandra: no, no me conoces
Juan: bueno, entonces no perdamos más tiempo señorita perfecta desconocida... hasta luego
Sandra: pará, ves que sos un animal?
Juan: entonces contame que te pasa
Sandra: tengo quilombos de guita, estoy preocupada
Juan: eso lo sé, contame por qué
Sandra: ...
Juan: bueno...
Sandra: ... no quiero discutir esto con vos. Click
Silencio
Una de la mañana: Silencio
Una y cinco de la mañana Sandra sale al balcón de su departamento luminoso de segundo piso porque sabe que no se va a dormir: Silencio
Una y media de la mañana, Sandra viene y enciende la PC: Silencio
Una y cuarenta y cinco de la mañana, Sandra está terminando este post: Silencio.
Una y cuarenta y seis de la mañanada: Silencio...
... Tanto le(s)cuesta darse cuenta que en un momento así tiene(n) que volver a llamar?...
... eh?...
... pufs...
lunes 2 de febrero de 2009
Volver a mi
Estuve eufórica. Tuve miedo. Me mató la ansiedad. Tengo una crisis de histeria. Soy triste
No postee. No bloguee. No me inscribí en ningún portal. No chequeé mi mail. No cargué la batería del celular cuando se apagó hace como cinco días.
Primero, llegó el desayuno. Una mañana. La del viernes 23. Acá a la empresa. Uno de esos desayunos a domicilio. Con una tarjeta que solamente decía Te Extraño. Y un monito de peluche, exactamente igual al monito que vimos una tarde de trampa, a la vuelta de un telo de once. La euforia.
Luego, llegó el llamado. Minutos después. Cuando todavía no había tragado la segunda tostada con mermelada de arándanos (sí, lo sé, suena inverosímil, pero hay gente -como yo- que es adicta al dulce de leche, pero que cuando se hace la fina y consume desayunos que cuestan lo mismo que mis almuerzos de medio mes, puede saborear y hasta repetir una tostada con mermelada de arándanos). Directo a mi interno de la oficina. La esposa de Juan. Me aterré. Entré en pánico. No me dijo nada. Solo me pidió que le reenviara a Juan unos archivos. Pero pensé que era demasiado sospechoso que el mismo día me llamara. Y que Juan no lo hiciera. Tejí conjeturas fabulosas sobre la posibilidad de que por el blog ella intuyera que... Me dí cuenta que era imposible recién cuando Juan me aseguró que fue un llamado casual. Me dio miedo. Me paralizó. El miedo.
Juan llegó el sábado pasado. Toda la familia volvió junta. Me llamó el domingo a la mañana. Lo supe a las diez de la noche porque mi mamá vino a mi departamento a ver qué me pasaba que no contestaba el teléfono jamás. No me lo dijo, pero cuando ví que se había hecho acompañar por Josefina (la encargada, que vive en el piso nueve) un domingo a la noche, me dí cuenta de que realmente la había asustado. Y fue como un voler a empezar. Como si diera vuelta la página y este entero mes de enero ni siquiera hubiera existido. Las mismas cosquillas, las mismas ganas de verlo que la noche de diciembre en la que se despidió de mí en ese bar de Belgrano. Av. Belgrano. La voz dulce, varonil, contenedora... todo estaba de nuevo ahí. Al diablo con mi no blogueo, al carajo con mis no post, al cuerno los no mails y la no batería del teléfono. Juan estaba de vuelta en la ciudad y en mi vida. Anoche no dormí, me mató. La ansiedad.
Hoy lo ví. Está igual. Eso me mató. Es tremenda la decepción que provoca un sueño cuando se materializa. Llegué a la oficina soñando despierta con arrojarme en sus brazos y asfixiarlo en un beso. Cuando lo ví, me molestó hasta su olor a perfume caro pero exagerado. Me fastidió su voz. Me molestó escucharlo. Me carcomía de rabia cada vez que me mandaba un guiño cómplice. Arg. Cómo lo odié durante doce larguísimas horas. (...) Y ahora estoy acá, mirando fijamente un teléfono que sé que no va a sonar. Inerte. Incapaz de decidir si mañana quiero cogermelo de manera salvaje, o no volverlo a ver en ninguna de mis vidas. Deseando que no existiera. Sabiendo con certeza que a esta hora del martes, o del miércoles, va a estar enroscado en mi cuerpo, y lo voy a amar con la fuerza de un huracán demoledor... y que minutos después voy a querer pedirle a gritos que se levante y se vaya para no volver. Que no invada mi espacio. QUe no coexista en mi tiempo.
Acá estoy en el epicentro de una furia histérica. Débil. Desganada. Aterrada. Atenazada. Con unas enormes ganas de volver a ser yo. No esta yo. Yo. La que no es triste. Con una certeza diáfana de que, mañana, eso no va a pasar.
...
No postee. No bloguee. No me inscribí en ningún portal. No chequeé mi mail. No cargué la batería del celular cuando se apagó hace como cinco días.
Primero, llegó el desayuno. Una mañana. La del viernes 23. Acá a la empresa. Uno de esos desayunos a domicilio. Con una tarjeta que solamente decía Te Extraño. Y un monito de peluche, exactamente igual al monito que vimos una tarde de trampa, a la vuelta de un telo de once. La euforia.
Luego, llegó el llamado. Minutos después. Cuando todavía no había tragado la segunda tostada con mermelada de arándanos (sí, lo sé, suena inverosímil, pero hay gente -como yo- que es adicta al dulce de leche, pero que cuando se hace la fina y consume desayunos que cuestan lo mismo que mis almuerzos de medio mes, puede saborear y hasta repetir una tostada con mermelada de arándanos). Directo a mi interno de la oficina. La esposa de Juan. Me aterré. Entré en pánico. No me dijo nada. Solo me pidió que le reenviara a Juan unos archivos. Pero pensé que era demasiado sospechoso que el mismo día me llamara. Y que Juan no lo hiciera. Tejí conjeturas fabulosas sobre la posibilidad de que por el blog ella intuyera que... Me dí cuenta que era imposible recién cuando Juan me aseguró que fue un llamado casual. Me dio miedo. Me paralizó. El miedo.
Juan llegó el sábado pasado. Toda la familia volvió junta. Me llamó el domingo a la mañana. Lo supe a las diez de la noche porque mi mamá vino a mi departamento a ver qué me pasaba que no contestaba el teléfono jamás. No me lo dijo, pero cuando ví que se había hecho acompañar por Josefina (la encargada, que vive en el piso nueve) un domingo a la noche, me dí cuenta de que realmente la había asustado. Y fue como un voler a empezar. Como si diera vuelta la página y este entero mes de enero ni siquiera hubiera existido. Las mismas cosquillas, las mismas ganas de verlo que la noche de diciembre en la que se despidió de mí en ese bar de Belgrano. Av. Belgrano. La voz dulce, varonil, contenedora... todo estaba de nuevo ahí. Al diablo con mi no blogueo, al carajo con mis no post, al cuerno los no mails y la no batería del teléfono. Juan estaba de vuelta en la ciudad y en mi vida. Anoche no dormí, me mató. La ansiedad.
Hoy lo ví. Está igual. Eso me mató. Es tremenda la decepción que provoca un sueño cuando se materializa. Llegué a la oficina soñando despierta con arrojarme en sus brazos y asfixiarlo en un beso. Cuando lo ví, me molestó hasta su olor a perfume caro pero exagerado. Me fastidió su voz. Me molestó escucharlo. Me carcomía de rabia cada vez que me mandaba un guiño cómplice. Arg. Cómo lo odié durante doce larguísimas horas. (...) Y ahora estoy acá, mirando fijamente un teléfono que sé que no va a sonar. Inerte. Incapaz de decidir si mañana quiero cogermelo de manera salvaje, o no volverlo a ver en ninguna de mis vidas. Deseando que no existiera. Sabiendo con certeza que a esta hora del martes, o del miércoles, va a estar enroscado en mi cuerpo, y lo voy a amar con la fuerza de un huracán demoledor... y que minutos después voy a querer pedirle a gritos que se levante y se vaya para no volver. Que no invada mi espacio. QUe no coexista en mi tiempo.
Acá estoy en el epicentro de una furia histérica. Débil. Desganada. Aterrada. Atenazada. Con unas enormes ganas de volver a ser yo. No esta yo. Yo. La que no es triste. Con una certeza diáfana de que, mañana, eso no va a pasar.
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